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jueves, 12 de septiembre de 2013

Viaje Argentina - EEUU - Etapa Perú

“Perú
El Perú no contaba en ese entonces, ni ahora creo,  con una red ferroviaria importante, por lo tanto las carreteras se encontraban pavimentadas y en buenas condiciones a lo largo 3000 km que hay entre Tacna al sur y Tumbes, al norte en su frontera con Ecuador.
Algunas preocupaciones que me acompañaban desde el inicio del viaje, se disiparon con el correr de los kilómetros. Por ejemplo, la “salud” del Ford, que tanto nos preocupó antes de salir y la repetida pregunta; “van a llegar con eso??”. Este tema ya no me preocupaba más. Si algo se rompía, se arreglaba, pero estos posibles contratiempos no amenazaban de ninguna manera el proyecto.
Habiendo visitado las ruinas de Pachacamac, sin muchos contratiempos arribamos a Lima, la capital del Rimac.
Durante este tramo, en el que estábamos conociendo a Fredy, el chileno agregado al grupo en Arica, notamos que junto a la inmensa generosidad de la gente, aparecía una evidente actitud fóbica de los peruanos, para con nuestro compañero chileno (resabios de la guerra del Pacífico). Esta incómoda y contraproducente situación, se había tornado para mí, en un “problema a solucionar”.
A esta altura de nuestro viaje, ya habíamos aprendido el oficio de raidistas, por lo tanto, nuestro manual imaginario decía que el primer paso en una nueva ciudad, consistía en hacerse conocer. Esto lo conformaba una serie de visitas a diarios, radios y televisión. Era una rutina que desarrollábamos eficazmente.
Nos alojamos en el Cuartel de Bomberos Nº 7 de Lima, en la calle Jirón Cailloma,  a escasos 300 mts., de la plaza de armas y el palacio de gobierno, al lado del lujoso hotel Savoy, donde conocí algunas celebridades, como el cantor de tangos Argentino Ledesma, con  el que intercambiamos ricas charlas y el gran “chansonnier” Maurice Chevalier, una celebridad en aquellos tiempos, fagocitado por su personaje, del que  no podía desprenderse al bajar del escenario.
En el cuartel contábamos con alojamiento, pero la comida corría por nuestra cuenta. Afortunadamente, muchas conexiones aparecieron y el peso de una dotación de cinco hambrientos, no se notaba, ya que pocas veces estábamos todos juntos. Incluso Fredy, que rara vez a venia a dormir al cuartel.
El dueño de una mueblería ubicada en la misma calle del cuartel, nos conseguía fletes para el forcito. Recuerdo que nos decía; “hay que llevar un sillón hasta el barrio Miraflores. Yo ya le cobre 30 Soles por el flete, que aquí están, pero al cliente no le dije nada, así que pueden cobrarle otros 30”.
En el hotel Savoy, funcionaba un Centro argentino, donde ricos compatriotas tenían sus reuniones. Uno de ellos, Carlos, había escrito una novela y nos invito a su cuarto a tomar unos tragos y escuchar la lectura de su obra, solo recuerdo que nos gustó mucho, pero de ese encuentro salieron otras buenas cosas. 
Carlos era de profesión publicista y me invitó a que participe en un desfile que el presentaba y en el que necesitaba un modelo para que camine en calcetines!!!….. uno de los productos que estaba promocionando. Además consiguió que el Centro Argentino apoye nuestro viaje con un cheque por mil soles lo que era buena guita en ese momento.
El lugar más frecuentado por nuestro grupo, eran las playas anexas al puerto del Callao. Allí nos reuníamos a disfrutar del sol y las aguas cristalinas. Caminando por el muelle de pescadores, empezamos a ganarnos muchas  veces la cena. Unos chicos me enseñaron a bucear para pescar cangrejos, los que tenían un alto valor, los que luego intercambiábamos con los pescadores para aparecernos por  el cuartel con pescado fresco. La esposa de Juan Olivares, el cuartelero,  cocinaba para su familia y también para nosotros.
Juan Olivares era un zambo de 28 años, muy alegre que contagiaba con su actitud y simpatía. Era además, el chofer de la compañía, rol que lo transformaba cuando sonaba la alarma. Nunca había visto a una persona que transmitiera semejante concentración. Conducía de manera frenética una motobomba Magirus Deuz, de 7 toneladas, acelerando a fondo por las calles de Lima. Recuerdo una salida en especial; sonó la alarma como a las dos de la mañana, Juan abrió el portón y montó al volante. Salimos, como acostumbraba, a fondo. El solo estaba en la conducción y atento a la radio. Giramos en una rotonda con chirrido de quejosos neumáticos, tomamos por una avenida y nos dirigimos al coqueto barrio de San Isidro. En el trayecto,  un semáforo que en rojo, mantenía toda la calzada ocupada por vehículos que nos cortaban el paso. Juan no levantaba el pie del acelerador, de pronto viro a su izquierda y subió a la amplia acera del boulevard, para volver a la calzada un centenar de metros más adelante. No sentí temor, ya que en esos segundos, miraba a Juan y recibía una absoluta seguridad emanada de su actitud, pero un bombero de apellido Gamarra, no bajó de la autobomba en el lugar del siniestro. Se quedó   estático, en un charco de su propio orín.
En Lima necesitábamos resolver un serio problema que tenía que ver con la documentación de nuestro Ford. Para sacar el auto de Argentina, (en ese momento el Ford tenía 32 años), la Aduana requería una fianza mayor al valor de plaza y depositada en efectivo. La única posibilidad de obviar este desembolso, era un “tríptico aduanero”, que otorgaba el Automóvil Club Argentino o el Touring Club Argentino, pero esto era para sus socios y avalado con propiedades. Después de mucha suela gastada en el pavimento porteño, una conexión nos consiguió un “tríptico”, pero solo valido hasta el Perú. En esas condiciones iniciamos el viaje, y creíamos que a través de lo realizado cuando llegáramos al Perú, nos consideraran deportistas y nos otorgaran una extensión al permiso. Pese a estar tres semanas en Lima, no conseguimos esta documentación y tampoco en Buenos Aires, donde también se movían nuestros familiares. Igual partimos rumbo al norte, con el pensamiento de cuál sería la situación en la próxima frontera??.
Un viaje de esta magnitud sin sustento financiero te convierte en un ave migratoria, sabes dónde vas, también cuál es tu rumbo, pero el viento caprichoso te deriva a su antojo y mantiene latente en tu interior la inquietante y emocionante pregunta de “y ahora que sigue?”.
Se aproximaba el fin de año y seguíamos enredados con el tema de la documentación del auto. Fue para ese época que  Jópele mencionó no  sentirse bien de salud. Lo acompañe al médico al día siguiente y este le dio un diagnostico impreciso pues eran necesarios estudios para determinarlo. A los tres o cuatro días, resolvió  regresar a Argentina. Aceptada su decisión, surgía el tema de cómo afrontar el costo del pasaje de retorno.
Después de pensarlo durante la noche, me fui al consulado argentino y le expuse al cónsul nuestro problema. El tipo muy solicito me dijo; “Hoy tengo un avión que viene desde Caracas haciendo el correo diplomático. Si a las cuatro de la tarde tengo un certificado médico, que indique que tu amigo está enfermo, a la una de la mañana te lo embarco para Buenos Aires”. Salí directo al hospital donde encontré a un grupo de médicos en la cafetería. Me presente, respondí sus preguntas sobre Argentina, calmé la nostalgia de varios de ellos que habían cursado su carrera de medicina  en mi provincia (Córdoba) y  allané el camino para mi objetivo. Salí de allí de regreso al consulado, donde me confirmaron que el “enfermo” debía de estar a la medianoche en el aeropuerto limeño.
Regresé al cuartel a las dos de la tarde, Jópele se alegró con la noticia. Mientras lo acompañé a comprar algunos obsequios para su mamá y su novia, el Tano, mi hermano y Juan prepararon una temprana cena de despedida. Más tarde apareció Fredy y se unió al festejo. A las dos de la mañana despegó el vuelo que llevó a Jópele de vuelta a casa. Unos pocos días después, el trío argentino le comunicó al chileno Fredy, la decisión de que no seguiría con nosotros. Era la víspera de Navidad.”

La próxima; de Lima al norte. Ecuador y Colombia.

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