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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Eugenio - fin del viaje y regreso

Esta es la última entrega del viaje que hace 50 años, mi amigo Eugenio Pérez, su hermano Fernando y dos amigos iniciaran en Buenos Aires, utilizando un viejo coche Ford A 1930, para llegar a Detroit, EEUU y regresar. Las rutas de las tres Américas no eran las actuales, tampoco los medios de comunicación. Todo nació después de un viaje en moto y la visión del océano Atlántico. Había algo nuevo más allá de las fronteras de lo cotidiano y era posible traspasarlas. Planificación minuciosa, obtención de los fondos necesarios y una inquebrantable voluntad como motor fundamental lo hicieron realidad.
Para conocer a las personas hay que ver sus obras y acciones. El relato que fuimos desgranando hasta aquí les permitirá conocer al "Gallego" Pérez.
Le agradezco el haber aceptado mi invitación a volcar en un teclado lo que tantas veces hablamos y tolerar mis "retoques" a sus narraciones.
Se vá la última ....


"En casa de la familia Alvira pasamos dos meses inolvidables.

Nuestros planes eran estar cuanto mucho una semana con ellos, pero siempre lo imprevisto hace su aparición. Pat, la esposa de Fred enfermó y  fue necesaria una operación de urgencia.
Nosotros espontáneamente nos ofrecimos como dadores de sangre y de manera no esperada obtuvimos un rédito generado por esa actitud. La repercusión fue muy importante entre sus amigos y familiares. Nos llovieron invitaciones y agasajos.
Como Fred debía trabajar, nos hicimos cargo de la casa y de sus cuatro hijos. Para que nos pudiéramos desenvolver con nuestras tareas, Fred compró una Chevrolet modelo 1956, la que revendería después de nuestra partida.
Cruzando la calle había un campo de deportes y ahí nos dedicábamos a practicar y enseñar futbol a una larga lista de amigos, que a su vez nos retribuían llevándonos a las piscinas universitarias, donde ellos nos enseñaban a nosotros a jugar waterpolo. También íbamos los fines de semana a los lagos cercanos,  donde aprendimos a bucear con tanque de oxigeno y a practicar esquí acuático. Hicimos varias visitas a Canadá. El broche de oro, fue la aparición de ofertas de trabajo.


Con Pat recuperada y de vuelta en casa, nosotros pensábamos que debíamos marcharnos, pero los Alvira ya nos trataban como familiares e insistían en que debíamos atender las ofertas de trabajo para reunir unos buenos dólares para el regreso. Eran magníficos tiempos económicos en los EEUU y se ganaban cifras que hoy son inimaginables; trabajábamos por nuestra cuenta como pintores y nunca ganábamos menos de u$s 5 la hora. Con esa hora de trabajo comprábamos 100 litros de gasolina o cinco neumáticos y con lo recaudado en una semana podíamos comprar un automóvil con cuatro años de uso.

Ver hoy el estado en que se encuentra la otrora poderosa y pujante ciudad del automóvil, es un reflejo de este mundo tan cambiante que nos tubo como testigos.

La segunda guerra mundial había terminado no hacía mucho y EEUU, por estar muy lejos del teatro de operaciones, había emergido como el gran ganador y muchas de las  transformaciones sociales que dejo la conflagración, se estaban llevando a cabo sobre todo en cuanto a igualdad de sexos y libertades sexuales, cosa que nos sorprendía, al provenir nosotros de una sociedad conservadora y oscurantista. Poco antes de nuestra partida de Argentina, se había estrenado en Buenos Aires una película en la que aparecían los pechos desnudos de una mujer…. Escándalo y censura.

Otra experiencia referida a estos cambios y libertades la tuvimos una noche, al regresar nuestros anfitriones de una fiesta. Volvieron a la casa con otros matrimonios a beber algunas copas y hacerles conocer a los raidistas argentinos. Llevábamos varias horas durmiendo y debimos levantarnos para las presentaciones, llamándome la atención dos hombres que lucían uniforme militar cuando esto en Argentina era generador de desprecio. Las mujeres, algunas pasadas de copas, mostraban un comportamiento desenfadado que nos sorprendió. Esta liberalización de las costumbres, con los años, se profundizó y extendió por el mundo dándonos esta sociedad más igualitaria.
Uno de los uniformados, con la mujer dormida en sus brazos, continuaba  animadamente su charla en el medio del parque, para finalmente y con ayuda, depositar a su esposa en el auto y marcharse… no estábamos acostumbrados a estas situaciones.  

Finalmente en pocas semanas juntamos algún “dinerillo” y comenzó el viaje de regreso. Estábamos a finales del mes de junio.

En cuatro días de marcha forzada, donde cada turno de conducción duraba lo que se tardaba en consumir un depósito de combustible, arribamos a la frontera de México.
En Costa Rica, saliendo en busca de la frontera con Panamá, intensas lluvias había depositado sobre la carretera una gran cantidad de barro y agua. Marchábamos detrás de otro vehículo que imprevistamente se plantó en mitas de la carretera… por esquivarlo terminamos en la cuneta, de la que salimos horas después tras quitar el barro y despegar el auto. Una camioneta, con la publicidad de “MEJORAL” (aspirinas) finalmente nos volvió a terreno firme. Antes de continuar nos dirigíamos al río a bañarnos y una lugareña, sentada en la barandilla de un puente a nuestro paso soltó; “para el dolor de cabeza, lo  mejor es Mejoral”. Reímos a carcajadas mientras ella permanecía imperturbable.

Al llegar a la frontera, una bala calibre 32 por descuido, olvidada en el coche, provoco una minuciosa inspección de la guardia fronteriza panameña y la confiscación del revólver del Tano y la escopeta de mi hermano, mientras yo pude salvar una pequeña pistola Eibar, que no encontraron. Terminamos en un calabozo que fue nuestro hogar durante 24 horas. Fue un día negro.
Al continuar conocimos el canal y visitamos la capital del país donde la avenida 4 de Julio dividía el territorio. Una acera era jurisdicción panameña y la otra pertenecía a la administración de EEUU, rigiendo las leyes del estado de Luisiana.

El dinero ahorrado nos permitió cruzar el Tapon del Darien (Panamá – Colombia), embarcando en una motonave italiana de lujo. En sus salones de baile, restaurantes y piscinas quedaron muchos de los dólares y al desembarcar en el puerto de Buenaventura, Colombia las arcas flaqueaban, para agotarse definitivamente en la ciudad de Guayaquil, Ecuador. Aquí volvimos al oficio de “raidistas”. empezamos nuevamente a trabajar vendiendo rifas de una villa.

En Ecuador y muy próximos a la frontera con Perú, una mañana de calor abrasador, acercándonos a un río, extrañado dije en voz alta; “parece que no estuviera el puente”. La respuesta del Tano fue un alarido “pará que no está!!!”  Mi hermano Fernando logro frenar el coche a cuatro pasos de una caída en vertical de más de cinco metros… un  operario de la empresa que estaba allí trabajando, había retirado el cartel de advertencia. Se tuvieron que aguantar al Tano y su calentura.

A mediados de septiembre estábamos en Antofagasta, Chile, donde embarcamos con el auto en un tren para cruzar los Andes. Ya sobre el vagón, comenzó a postergarse la salida por nieve en la alta montaña. Vivíamos dentro del auto y nos encontrábamos dentro en la playa de maniobras del ferrocarril. Nunca sabíamos dónde íbamos a estar en la noche, pero los amigos maquinistas, avisaban en la puerta la ubicación de nuestro vagón y al regresar por la noche, el sereno nos decía “el hotel de ustedes esta por…..”.
Los amigos ferroviarios nos invitaron a festejar con ellos el 18 de septiembre, Día de la Independencia Chilena, ¡que borrachera!, fue la última de viaje.
El estar parados fue siempre un problema en nuestro viaje y esta no era la excepción. Había gastos y no se avanzaba. Una mañana observé un coche con matrícula argentina en la puerta de un restaurante, averiguar a quien pertenecía fue sencillo. El hombre me informo del paso cordillerano y me dijo además que el “Ingles”, que era el jefe del ferrocarril, conocía toda el área y era la mejor fuente de información. El Ingles nos devolvió el importe de los pasajes y nos informo de los abastecimientos que podríamos hacer, marcando nuestra ruta en mapa a mano alzada y allá fuimos al encuentro de imponente y desolada cordillera. Los esqueletos de vacas indicaban que avanzábamos por el camino correcto (el animal había muerto en algún transporte y había sido  desembarcado) eran los carteles de ruta.
Por la altura es notable la falta de oxígeno y nuestro Ford menguaba sus fuerzas a pesar de tener abiertos los “chiclé” y subiendo una larga cuesta se detuvo a casi un kilómetro de la cumbre. Para alivianar su carga desarmamos los asientos y los retiramos junto a la carga. Alivianado de peso el autito coronó la cuesta y nosotros a hombro en varios viajes subimos lo que aguardaba en la banquina.
En el límite fronterizo, las dependencias chilenas y argentinas estaban desiertas. El primer pueblo argentino es Olacapato, situado a 80 km de la frontera. Hasta ahí llegaba el ferrocarril chileno (trocha angosta) y el arrancaba el argentino (trocha ancha). Estábamos en casa!!!

De mi juventud me quedó este viaje como un gran recuerdo, que además despertó el placer por el conocimiento, fortaleció el culto de la voluntad hasta convertirla en una forma de vida.
Haber podido realizar este sueño le dio sentido al esfuerzo. Muchos sueños se quedan en eso; sueños nada más.


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