Después de unas vacaciones en la playa, retomo el relato del viaje que hace 50 años, hiciera Eugenio, su hermano Fernando y el Tano, desde Buenos Aires a Detroit ida y vuelta. Ayer se cumplieron exactamente los 50 años del fin de esa aventura.
Lógicamente los protagonistas son quienes nos van narrando los detalles de esa historia a través de Eugenio y su prodigiosa memoria, pero hay un elemento fundamental en el viaje y es el coche. Ese auto que en el momento de la partida, ya contaba con treinta años de existencia. Le pedí a Eugenio que me escribiera sobre eso y esto es lo que recibí:
Lógicamente los protagonistas son quienes nos van narrando los detalles de esa historia a través de Eugenio y su prodigiosa memoria, pero hay un elemento fundamental en el viaje y es el coche. Ese auto que en el momento de la partida, ya contaba con treinta años de existencia. Le pedí a Eugenio que me escribiera sobre eso y esto es lo que recibí:
El Ford modelo A
Este automóvil, reemplazó al
mundialmente famoso Ford T.
Fue construido entre los años 1929/30/31 y se presentó con una
gran cantidad de innovaciones técnicas, a las que acompañaba una gran variedad
de modelos. Estaba equipado con un motor de cuatro cilindros en línea, de poco
más de tres litros de cilindrada, que generaba una potencia de 40 HP y una
velocidad máxima de 100 Kmh. También incorporaba, como uno de los grandes
adelantos de la época, una caja de velocidades de tres marchas, no
sincronizadas. Contaba además, con motor de arranque (burro) sin dejar de lado la
clásica manija con la que se arrancaban los modelos anteriores. Por último disponía
de una caja pedalera, tal como las que usamos en la actualidad; embrague, freno
y acelerador.
A nuestro autito le habían adaptado frenos hidráulicos,
reemplazando los originales de varilla.
Los autos que llegaron a Argentina, antes de la Segunda Guerra Mundial, venían equipados con el volante del
lado derecho, ya que se conducía por el
lado izquierdo de la carretera, norma que cambio en nuestro país en 1945.
Algunas de las partes del coche, demostraron ser indestructibles.
Como la caja de velocidad,
el cardan y palieres. Otras sufrieron el mal trato que le impusimos en tan
duros caminos.
La caja de velocidades, no era sincronizada, por lo que había que
hacer los cambios con “rebaje”. Esto es;
desenganchar la marcha en uso, acelerar en vacio y cuando el oído te decía que
el motor había alcanzado el mismo régimen de giro que la caja, se embragaba
nuevamente y se metía el cambio con suavidad. Esta maniobra no podía durar más
de 2 o3 segundos, y en la montaña, con
sus curvas, contra curvas y trepadas, no podías permitir que el auto se “duerma”.
Muchas veces, en los caminos de ripio, las piedras nos cortaban los
neumáticos o los caños de frenos. Cuando se presentaba este último problema, mi
hermano como mecánico, anulaba la rueda que tenía el circuito dañado si se
trataba de una trasera, ya que con el freno de las dos delanteras era
suficiente. Pero si las anuladas eran las ruedas delanteras, las traseras
detenían muy poco al auto, y ahí aparecía el duro trato al que sometíamos al
Ford. Bloqueando con el freno las ruedas traseras, el auto tendía a “colear”,
pero en un par de segundos y con las ruedas bloqueadas, le metíamos la marcha
atrás, desembragando y acelerando para evitar que el motor se detuviera. Así el
auto, con las ruedas motrices girando
en sentido inverso se detenía. Los palieres y el embrague eran las víctimas. El
embrague claudicó en Colombia y ya les contaré como fue su reparación, donde
una vez más aparece la tremenda solidaridad de la gente.
De los mayores daños sufridos, recuerdo que fundimos una biela en Costa Rica.
Estábamos procurando llegar a Peñas Blancas, en la frontera, antes del horario
de cierre, pues había que pagar aranceles fuera del horario convencional, por
lo que forzamos la marcha más allá de las posibilidades de nuestra maquina. El
clásico golpeteo que se produce cuando el “metal blanco” de una biela se
arrastra, obliga a cortar el motor para evitar daños en el cigüeñal y eso
hicimos, pero quedamos varados en medio de la nada. Pasamos la noche y a
primera hora del día siguiente, mi hermano Fernando quito el cárter para quitar
la biela fundida y comprobar que el cigüeñal no había sufrido daño alguno. Con
todas las piezas a reparar, hicimos dedo en la ruta y regresamos a la ciudad de
Liberia. Fui acompañando a Fernando mientras el Tano quedo al cuidando del equipo.
Los bomberos, fueron como siempre durante nuestro viaje, los que
resolvieron el problema. Nos llevaron al rescate del Tano y nuestra máquina,
nos alojaron en el cuartel y ayudaron en la reparación del motor para que un
par de días más tarde continuáramos camino al norte.
En el Salvador, nos apareció agua en el cárter. La tapa de
cilindros se había rajado. En Centro América no quedaban ya esos modelos de
automóvil y caminé esa ciudad y sus
suburbios durante una semana, hasta encontrar en un gallinero, la tapa de cilindros
para el Ford A.
En los autos modernos, una correa dentada conecta el cigüeñal con
el árbol de levas y este a su vez, armoniza el funcionamiento de las válvulas
en todo motor de cuatro tiempos. Aquellos viejos coches traían un engranaje que
cumplía esa función. Cuando por primera vez rompimos unos dientes de este
engranaje, descubrir el problema nos llevó varios días. Unos meses después y ya
en viaje de regreso se rompió nuevamente , pero esta vez hacíamos apuestas de
cuantos dientes había perdido, antes de que se detenga por completo y por
supuesto ya viajábamos con el repuesto.
El rodado original es de 19 pulgadas. Salimos
con 6 neumáticos usados y consumimos 7 en todo el viaje. Los neumáticos originales
no se conseguían, pero afortunadamente, las mazas de Ford eran de cinco tuercas
y compatibles con otras medidas de rodado y llanta.
Bueno... busquen fotos de este modelo de coche y luego me dirán si fue o no una verdadera hazaña la realización de este viaje.
En unos días seguimos rodando por Sudamérica.
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