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martes, 15 de octubre de 2013

Raid: norte de Ecuador y Colombia

Eugenio sigue relatando su viaje y sorprendiéndome, como de costumbre, con su capacidad para recordar hechos históricos ocurridos en esa época. Nuestras habituales charlas, ademas de dilatadas son anárquicas, y nos llevan de a saltos, mezclando al tema central que nos ocupa, otras cuestiones que pueden o no estar ligadas al mismo. Pues lo mismo pasa con este relato. Me he tomado la licencia de eliminar algunas referencias a políticos, acontecimientos sociales o temas que para la gente joven necesitarían de aclaraciones, que entorpecerían lo que de verdad nos ocupa, que es recordar un viaje importante, incluyendo su gestación y revalorizando el espíritu de aventura y la voluntad concentrada en una meta.
Muchos de los textos que quito de la narración, los estoy agrupando para volcarlos al final, ya sea como anécdotas o situaciones curiosas. Pero vayamos a Eugenio y sus recuerdos:  


"La belleza del camino cordillerano, al norte de Ecuador y el Sur de Colombia, es inigualable y  lo disfrutábamos mucho. Al llegar a los pueblos hacíamos “la recorrida”, visitando primero al alcalde, luego los sindicatos de chóferes  gerentes de compañías petroleras, etc. Cuando teníamos víveres, combustible y aceite, pasábamos por las radios locales a agradecer, y algunas veces conseguíamos recomendaciones para autoridades del siguiente pueblo.
Ya en Colombia, y en  el primer pueblo, Pasto, nos encontramos con dos raidistas argentinos que viajaban en un Ford T; Eduardo Falistocco y  Martin Rivero. Con Martin compartimos muy poco, ya que estaban separándose, pero el corto tiempo que compartimos fue muy bueno y divertido. Con Eduardo nos seguimos encontrando por todas las ciudades, incluso en USA. Aparecíamos en los diarios o en la tv, y ambos dejábamos nuestro domicilio, sabiendo que el otro tomaría nota y nos encontraría. La relación con Eduardo  duro más de 20 años, hasta que un cáncer se lo llevó. Siempre me acuerdo que cuando lo conocí, le pregunté por su edad y cuando me la reveló, le dije; “¿che, vos con tus años no estás un poco pasado para andar en esta joda?”
El correr del tiempo me ha hecho ver lo ridículo de mi pregunta .…Eduardo tenía 28 años. De Martin no supe más nada y lo último que escuche de él,  es que se había enganchado en el ejército de los EEUU y había partido hacia Vietnam.
A la colonial y hermosa ciudad de Popayán, el forcito llegó, haciendo sin frenos y sin embrague, los últimos 60 kms., por lo que una vez instalados en el cuartel de bomberos, salimos a buscar toda la ayuda posible; repuestos, talleres, etc. El  mayor problema lo constituía el embrague, pues era bastante caro y venía desde Bogotá, y ahí apareció un amigo, que vivía frente al cuartel y con el que había conversado bastante, dado que su hobby era algo poco conocido por mí. El hombre tenía gallos de riña, y en el patio de su casa disfruté de las reuniones en las que sus amigos caían al ruedo con sus gallitos, para hacerlos pelear, apostar y beber cerveza.
Este hombre, que era muy humilde, me dijo;  “no te preocupes argentino, el lunes voy a tener plata y te compro el embrague” Yo me intrigué, pues siendo él un empleado municipal, me parecía difícil que pudiera concretar su ayuda, pero ese fin de semana, salió con un equipo de médicos que visitaban pueblos aborígenes y llevó gran cantidad de medicinas, las que canjeó por dinero, cerdos, gallinas, huevos, cueros… y de ahí salió nuestro tan necesario embrague, junto a una enorme cantidad de risueños relatos sobre los acuerdos hechos con los hechiceros de las comunidades.
El cuartel estaba ubicado en una esquina. Era una construcción tipo chorizo, con techo de  tejas coloniales y una galería que daba al patio central. Pisos de ladrillos y pilares de troncos conformaban el estilo del cuartel de ciudad chica.
Una madrugada fuimos despertados por gritos que nos llamaban desde el patio. Al salir de la habitación vimos al guardia, que era quien nos pedía que saliéramos. Inicialmente creíamos que estaba ebrio, pero nos explicó “que la tierra estaba temblando”. Tal vez el sacudón mayor había pasado, pero recuerdo que mire hacia el cartel colgante de la entrada y se movía a pesar de ser una noche sin brisa.
Salimos del cuartel y la segunda sorpresa; todo el pueblo estaba en la calle. Algunos vecinos tuvieron tiempo para sacar sus sillas y sentarse en medio de la calle a “platicar” (como dicen por allí) animadamente con sus vecinos, por el resto de la noche. Muchos años después, la hermosa Popayán fue desbastada por un terremoto.
En Cali no pasó gran cosa. Alguna visita a la embajada norteamericana, para confirmar los requerimientos  que pedían para otorgar la visa, y un encuentro con el plantel de River Plate, que se encontraba de gira por Sud América, con celebridades del futbol de la época, como Amadeo Carrizo y Néstor (Pipo) Rossi,  con quienes  conversamos por un largo rato. También nos volvimos a encontrar con Eduardo y Martin y juntos nos dirigimos al puerto de Buenaventura, en la costa del Pacífico. El plan era embarcarnos hasta algún puerto centroamericano ó hasta el canal de Panamá.
El Tapón del Darien, al norte de Colombia y sur de Panamá, sigue siendo hoy un obstáculo impasable, con 700 kms. de pantanos, que no permiten afirmar ninguna carretera, más la permanente amenaza de paludismo ó malaria, hace de esta zona el mayor obstáculo para la concreción de la Ruta Panamericana, en su intento de unir por tierra las tres Américas.
El tramo Cali – Buenaventura es hermosísimo, y una cascada en forma de gruesa ducha cae sobre la carretera. Es el baño de todo transportista o raidista. Eduardo hasta lavó su Ford T.
En Buenaventura pasamos unos días lindísimos. Buen clima, mar en el día y unas  noches espectaculares. Llegamos a montar un equipo de fútbol  Martín y Eduardo jugaban bien, nosotros tres y algún argentino más que andaba por allí. No llegábamos a once jugadores, pero con ocho o nueve enfrentábamos a los colombianos y siempre los goleamos. Ahora saben mucho y juegan muy bien.
Pese a todo lo bueno, se avecinaba tal vez la última y más difíciles de todas las crisis que soportó este viaje.
Las compañías navieras, nos cotizaban el precio de transportar los autos por un lado y los pasajeros por otro. Para Eduardo no había problema, ya que su viaje tenía un presupuesto muy distinto al nuestro. Había vendido una fábrica y un departamento en Buenos Aires antes de partir, pero los 600 dólares que nos pedían hacían imposible para nosotros el continuar. A esto se sumaba que algunas empresas que colaboraban con nuestra estadía en la ciudad, dejaron de hacer sus aportes. La crisis se profundizaba y se hizo inevitable hablar del tema más temido por mí. Algo que me quitaba el sueño y no me resignaba a aceptar; PEGAR LA VUELTA.
Con Eduardo habíamos hecho gestiones en todas las compañías, y todas arrojaron resultados negativos. Faltaba una, La Gran Colombiana, que no había contestado nuestro cable desde su sede central en Bogotá. Eduardo estaba decidido a pagar el costo del viaje, pero nosotros deberíamos tomar la decisión que habíamos hablado; VOLVER.
Fernando y Antonio se mostraron en todo momento como buenos raidistas, pero esta situación nos superaba. Evidentemente para mí, el raid era algo que estaba demasiado profundo en mi cuero. Lo había soñado mucho. Demasiado para rendirme.
La noche anterior a la partida de regreso a Argentina, les comunique a mis dos compañeros, que había tomado la decisión de  seguir solo y terminar el viaje a “dedo”. Ellos regresarían con el auto a Buenos Aires.
Se habló largo rato del tema y los riesgos que implicaba. Por esos tiempos, un joven con pasaporte argentino, era automáticamente sospechoso. La violencia de la guerrilla estaba instalada y el nombre de “Tiro Fijo” (Manuel Marulanda), se escuchaba todos los días. Era muy reciente el intento de invasión a Cuba en Bahía Cochinos y toda América se encontraba envuelta en conflictos violentos. De todas maneras, la decisión de continuar, me puso de buen humor. Seguiría, solo y a pata, pero seguiría..!!
A la mañana siguiente, me encontré con Eduardo, y nos hicimos una pasada por la compañía La Gran Colombiana, la sonriente cara de la empleada nos llamó la atención. Nos mostró el cable, que la antigua teletipo había arrojado; los cinco pasajeros y los dos autos, autorizados a embarcar en el buque de bandera noruega Strong Forest, con destino a Puntarenas (Costa Rica), con un costo de u$s 30 por cada automóvil y u$s 16 por cada pasajero.  Gran fiesta…. ¡¡ SUDAMÉRICA, SEGUIMOS !!"

El próximo capítulo: viaje en el Strong Forest y Centro América.

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