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viernes, 12 de febrero de 2016

El Ché

 Ernesto Guevara de la Serna, nació en Rosario, Argentina y poco se puede decir de él que ya no se sepa. Sufrió de asma desde muy temprana edad y eso forjó una tremenda fuerza de voluntad por superar ese escollo, lo que lo haría distinto.
Obtuvo el título de médico en la Universidad de Buenos Aires en 1953.
Sus míticos viajes por América, le hicieron ver la miseria absoluta y las crudas injusticias políticas, tan comunes en la América Latina de la década de 1950 (y aún hoy).
En 1955, conoció en México a Fidel Castro, que junto a otros idealistas cubanos, luchaba por derrocar la tiranía de Fulgencio Batista, instalada en Cuba. Fue una charla de diez horas que marcaría el rumbo de la historia.
Guevara se enroló como médico en la expedición que desembarcó en Las Coloradas. Solo doce de los ochenta y dos expedicionarios sobrevivieron la catastrófica incursión y uno de ellos fue el Ché.
Quien había sido declarado inepto para cumplir con el servicio militar en Argentina, descolló como luchador valiente e intrépido, siendo designado Comandante en julio de 1957 y brillando como estratega en la batalla de Santa Clara, que volcó definitivamente el rumbo de la guerra revolucionaria.
Incansable trabajador, de ética indoblegable, cumplió diversas funciones en los primeros años de la Revolución, hasta desaparecer de la escena política en 1965 y reaparecer en las selvas de Bolivia a finales de 1966, al frente de un pequeño grupo de guerrilleros cubanos.
El 8 de octubre de 1967 fue capturado por el ejército de Bolivia y ejecutado al día siguiente. Sus restos regresaron a Cuba en 1997 junto a 17 delos 38 compañeros asesinados junto a él.
 Esta estatua de tamaño natural del Ché, reúne múltiples detalles, ocultos en diversos detalles de su cuerpo. El niño que lleva en sus brazos representa las nuevas generaciones. La escultura fue realizada y donada por el artista vasco Casto Solano y se ubicó en lo que fue la sede de Obras Públicas, lugar donde el Ché instaló su puesto de mando durante la batalla de Santa Clara.
 En el bolsillo derecho de su chaqueta vemos una imagen del Quijote, referencia a su espíritu justiciero. En el otro bolsillo el signo del infinito.
 En la hebilla de su cinturón aparecen  los 38 guerrilleros  muertos con él en Bolivia.
 El signo del infinito

 El niño sobre la cabra, según quien me explicó la simbología, tiene que ver con lo de "tirar al monte", destino del guerrillero, pero no estoy seguro de ese significado.

 En el pantalón, sobre la bota, la mítica motocicleta de su viaje por América. En la bota se ve otra imagen que no puedo recordar.
Aquí vemos dos escaladores. Lamentablemente no hay mucha información en Internet sobre esta suma de curiosos detalles en la escultura. Agradeceré todos los aportes que puedan brindarme.
 En 1997, los restos del Ché llegaron a Cuba y se construyó este Mausoleo, donde descansan los restos del Comandante Guevara y de 17 de sus 38 compañeros. El 17 de octubre de ese año, Fidel Castro encendió la llama eterna. Frente a la solemne sala donde se ubican los restos, existe un museo que reúne documentos y elementos significativos de la vida del Ché.
 En las afueras del Mausoleo también se encuentran las tumbas de los que integraron su columna invasora. Algunas carecen de datos y están destinadas a recibir a aquellos que aún viven.


 El hecho más importante de la batalla de Santa Clara, fue el descarrilamiento de un tren blindado que transportaba unos 350 soldados, armamento, municiones y diversos pertrechos.
La batalla, librada por un grupo de solo 18 jóvenes revolucionarios, que mediante una excavadora levantaron las vías y luego obligaron a retroceder al tren, que descarriló.
A partir de ese momento, los escasos guerrilleros sometieron a los ocupantes del convoy a un  hostigamiento constante, en el que el Pelotón Suicida al mando de "El Vaquerito", un campesino de 23 años y valor desmesurado, cumplieron un rol determinante. Los guerrilleros concedieron una tregua, e intimaron la rendición en un plazo de 15 minutos, cosa que finalmente lograron. Esto empujó la huida al exterior de Fulgencio Batista.
Cuando Guevara, designado como Jefe de una de las mayores unidades del ejército, en los primeros momentos del triunfo revolucionario, reunió a soldados regulares y guerrilleros, se dirigió a los primeros, que miraban asombrados a sus vencedores, pelilargos, barbudos y desaliñados, diciéndoles con su ácido humor; "ustedes deberán enseñar a los rebeldes a formar, marchar y las técnicas de la guerra... y ellos les enseñarán a pelear."


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